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Terror en Madrid 

Terror en Madrid

"Voz de dolor y canto de gemido, 
y espíritu de miedo, envuelto en ira..." 
(Fernando de Herrera)

No me pidais amor al enemigo
que me atraviesa el pecho con su lanza, 
ni proclaméis que el odio y la venganza
enlutan la razón; hoy me desligo

de toda tolerancia, y sólo abrigo
odio y rencor en súbita alianza;
agotado el perdón, sobre mí avanza
furia de represión, sed de castigo. 

Sobre las víctimas caerá mi llanto,
mientras los ojos hacia Dios levanto,
incapaz de entender plan o motivo.

La libertad sucumbe al fanatismo,
y el inocente, incierto de sí mismo,
en cuevas de terror yace cautivo.

Soneto Nº 1049
Los Angeles, 11 de marzo de 2004




Patricia

La última víctima, que eleva el número a 199, es Patricia,  una niña de 7 meses que fue encontrada en uno de los andenes  de la estación de El Pozo, y que se debatía entre la vida y la muerte desde su ingreso en el Hospital Niño Jesús. El padre de la niña está desaparecido y la madre, operada y muy grave.  La tía de la niña, de nacionalidad polaca, declaró antes de conocer la muerte del bebé: "No puede ser que pasen estas cosas. No somos españoles y nos sentimos como españoles". No tiene más familia en España.

Siete meses, oh Dios, ¿por qué? ¿por qué?
Si aún no le habías dado la sonrisa...
¿A qué se debe tan absurda prisa
de arrebatar la vida de un bebé?

La torre, antaño firme, de la fe
hoy se cuartea al soplo de la brisa;
se halla desierta el alma, e indecisa, 
sin esperanza, casi no te ve.

Y en lugar de invadirnos de tu aliento,
nos clavas este horror, y el desaliento
de no sentir el pulso de tu mano.

¿No tienes ya, Señor, en tus moradas,
legiones de ángeles alborozadas? 
¿Por qué te llevas a éste tan temprano?

Soneto Nº 1050

Los Angeles, 13 de marzo de 2004




Stefanía

Una joven de las que se mezclaba con los visitantes era Stefania, una joven rumana de 23 años que al mediodía de ayer llevaba 24 horas esperando noticias de Stuparu. La acababan de llamar de su casa en Rumanía para comunicarle que su abuela se estaba muriendo, pero ella sólo quería hallar a Steparu. "Vestía una cazadora vaquera con cuello blanco y pantalón vaquero", no se cansaba de repetir a todo el que se le ponía por delante.

Hoy el amor no es la canción sedosa
murmurada al temblor de la guitarra;
hoy el amor es garfio que desgarra
la entraña desertada de la esposa.

Su hombre perdido, el alma dolorosa
del tajo de invisible cimitarra, 
entre anónimos miembros y chatarra 
solloza, indaga, rota, silenciosa.

Dejaron la estrechez por la esperanza
de otra vida y un sueño, y les alcanza
muerte dramática y desolación.

Mujer perdida en un país extraño,
víctima viva y sola, te acompaño
en el llanto, la angustia, la oración.

Soneto Nº 1051

Los Angeles, 13 de marzo de 2004




Gloria Inés

"La familia de Gloria Inés Bedoya pase a la sala de identificación, por favor". Y Carlos Rendón, su esposo, se levantaba con un temblor en las piernas y el hombro de un voluntario al que agarrarse. Una vez dentro no había duda. Era su mujer. Una joven colombiana de 20 años, nacida en la localidad de Toro, cerca de Cali. Lo que siguió después es fácil de imaginar.

Delgada juventud, colombianita
de ojos café, de melodioso acento, 
baile, canción, sonrisa en movimiento,
vibrante vida que en silencio grita.

Tronchada juventud que ahora dormita
bajo un velo de sangre; gime el viento
al rozarte la piel, y es su lamento
el beso que se da en la última cita.

Tenías poco y te han arrebatado
hasta la roja flor que en tu costado
palpitaba en impulsos de alegría.

Se han negado al café los cafetales,
son ya una primavera de rosales
estallando por ti en tan triste día.

Soneto Nº 1052

Los Angeles, 13 de marzo de 2004




Rex

El mismo ritual que el marido de Gloria siguieron los padres de Rex, un filipino de 18 años que había cogido el tren por culpa de un olvido. Salió de su casa en Torrejón de Ardoz a las 7.10 horas como cada día pero unos papeles que necesitaba lo hicieron regresar y subir al tren de la muerte que pasaba por su población a las 7.30 horas. La clave de su identificación fue un tatuaje, como en muchos otros casos en los que el fuego o la explosión había desfigurado por completo los rostros.

Siete mil islas, un espacio estrecho
para este soñador. Tendió la vista
sobre mares y tierras, y optimista
se fue a satisfacer lo insatisfecho.

Y no lo satisfizo, que al acecho,
la muerte, en maniobra de conquista, 
marcó su nombre en la macabra lista,
y apagó los latidos en su pecho.

El fogonazo le cegó los ojos,
y en cálidos, dispersos charcos rojos,
descendieron sus miembros divididos.

Archipiélago humano tierra adentro, 
la paz, amigo, te salió al encuentro,
descansa en paz entre los elegidos.

Soneto Nº 1053

Los Angeles, 13 de marzo de 2004




María del Carmen 

María del Carmen Lominchar Alonso. 34 años, embarazada  de tres meses y natural de Corral de Almaguer (Toledo).  Casada con un policía local del Ayuntamiento de Madrid,  trabajaba en una empresa de informatica situada en la capital,  y perdió la vida cuando esperaba en un andén de la estación  de Atocha para subir a uno de los trenes que sufrió el atentado.

En su entraña, temblor de primavera
germinaba una rosa sin espinas,
le alboreaban puras las retinas 
al sazonar su propia sementera.

Ay, María del Carmen, a la espera
de un tren y de una vida; las cortinas
del mañana se cierran, y caminas
en convoy imprevisto, prisionera.

Pero un ángel te lleva de la mano,
ángel que tú llevaste, fértil grano
que no se abrió en espiga, sino en alas.

Qué brutal sacudida, pero asciendes
a otro mundo mejor, que ahora comprendes,
y sobre nubes de algodón te instalas.

Soneto Nº 1055

Los Angeles, 15 de marzo de 2004




Francisco Javier

Francisco Javier Mancebo Zaforas. De 38 años, casado  y padre de dos hijos. Todos los días se trasladaba en el tren  de cercanías desde el Pozo del Tío Raimundo hasta el  Tribunal de Cuentas, donde trabajaba como auditor.  Su hijo, Jaime, de cuatro años, que lo acompañaba en el  momento de los atentados, se encuentra en el hospital con heridas y quemaduras en el 12% de su cuerpo.

¿Qué manotazo airado ha dividido
tantas vidas? ¿Qué viento ha arrebatado
al padre de este niño, abandonado,
que aún no sabe si ha sido o no elegido?

Sabe la muerte bien su recorrido;
en silencio, su dedo descarnado
se clava débilmente en el costado,
y la vida se va sin hacer ruido.

Pero esta vez llegó con voz de trueno,
dejándose caer sobre el terreno,
látigo de cien colas, sanguinario.

Tal vez este pequeño sobreviva, 
huérfano en aras de una repulsiva
contienda en la que nunca fue adversario.

Soneto Nº 1056

Los Angeles, 15 de marzo de 2004




La cólera de Alá

"En el nombre de Alá, el Compasivo,  el Misericordioso" (Inicio de 'El Corán')

La cólera de Alá, su fuego ardiente,
caiga inmisericorde, en anatema,
sobre el alma fanática, blasfema,. 
que asesina en su nombre al inocente.

La cólera de Alá ciegue la mente,
tropiece el pie, confunda cada esquema
de quien arrasa, mata, hiere o quema, 
de quien lo preconciba o quien lo intente.

Grande es Alá, mas ya no es bondadoso, 
ni compasivo o misericordioso 
para quien no respeta vida ajena.

Viene empuñando alfanje de oro y fuego,
y no escuchará sura, voz ni ruego
de quien siembra la muerte o quien la ordena.

Soneto Nº 1054

Los Angeles, 13 de marzo de 2004 

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