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Este hombre era un cobarde 
 
Muchos murieron jóvenes; fue un tiempo
de prematura siega,
cuando las mieses, sin granar, se apagan,
y los únicos pájaros que vuelan
tienen alma de plomo, 
y agrio sabor a pólvora en la lengua.
Murieron unos con el puño en alto, 
otros lo hicieron con la mano abierta,
en frías cumbres, en llanuras pardas, 
al fondo de barrancos y trincheras.
El hombre del fusil sabe que debe
matar o sucumbir, es su incumbencia.
Puede la guerra ser justa o injusta, 
pero es al fin la guerra,
y sus muertos son bajas
causadas en ataque o en defensa.

Hubo otro tipo de hombre en retaguardia,
señor de la pistola y de la niebla,
matón de pueblo, chulo de suburbio,
jinete de camión, juez de taberna,
sin adversario en frente,
y el rencor trepidándole en las venas.
Ya fuera de la ley, como el bandido,
ya con la instigación o con la anuencia
de mandos subvertidos,
corrupción y anarquía del sistema.
Este hombre era cobarde,
con hambre de matar, por lo que fuera.
Sus campos de batalla eran las cárceles,
los barcos y las chekas,
donde languidecía
en sórdido hervidero de colmena
todo un segmento de la vieja España, 
y de la España nueva.
Este fue el hombre que inventó el paseo,
sobretodo de noche. Las estrellas
se apagaron también sobre los ojos
de tantas víctimas, y la tiniebla
cerró sus párpados al borde mismo 
de la fosa común, de las goyescas
tapias de cementerio,
sin más testigos que las sombras muertas.
Este hombre absurdo, con el cigarrillo
colgado de la boca, sin ideas, 
o de una sola, hostil, tergiversada, 
derivando el poder de su impotencia 
de pensar de otro modo y la pistola 
que al cinturón le cuelga,
fue el dueño de la vida y de la muerte,
y a nadie tuvo que rendirle cuentas.

Más tarde, camuflando
la carga de almas que llevaba a cuestas,
cuando en las torres ya no tremolaban
decrépitas banderas,
logró desdibujarse en el gentío,
tal vez, hipócrita, pisar iglesias
que escaparan su tea o dinamita,
y, sin pistola, carecer de fuerza.

O quizá blasonara en el exilio,
entre el humo y el vino, a sus colegas
las machadas de antaño, subrayadas
a puño y carcajadas en la mesa,
mientras un niño, lejos, 
despertaba en la noche en tembladera
de soledad, con la impresión hiriente
de brutal puñetazo en la cabeza.

Y volvería un día al escenario
de sus delitos, promoviendo amnesias,
o alegando ignorancias,
o reclamando impunidad; y absueltas
sus manos de la sangre derramada,
tal vez alguna cátedra le hiciera 
doctor honoris causa.
¿Pero qué honor? ¿Por qué la recompensa?
¿Tendrá el asesinato
colores aceptables? ¡Qué vergüenza! 
Ya fuera Badajoz, Madrid, Euzkadi,
sea Yagüe, o Carrillo, o sea Eta,
debemos dar a cada acción su nombre, 
crímenes fueron, criminales eran,
y sólo hay una forma de justicia:
que todos cuelguen de la misma cuerda.

Los Angeles,  2 de febrero de 2007

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