(¿Qué pasa? ¿Los gatos no tienen
derecho a una paginita?)
 
 


 

(15 de agosto 1989 / 30 de diciembre 2006)
 
  

“No tenemos gatos: Los gatos nos poseen”

Solemnidad de gato indiferente,
servido en todo y servidor de nada,
con altivez de dama enamorada
que en lugar de dar besos, los consiente.

Periscopio de cola, en permanente
navegación de alfombra desgarrada;
ya el día en somnolencia prolongada,
o a salidas y entradas insistente.

Esclavo soy de majestad felina,
cuya mirada hipnótica domina,
cuyo maullido implorador seduce.

Bajo suave fricción la espalda arquea,
y en agradecimiento ronronea…
o tal vez por el gozo que produce.

Los Angeles, 20 de junio de 2000


 
 

Si alguien desea escribirme, puede hacerlo al siguiente e-mail:

frankalva@earthlink.net

Prometo dar respuesta a toda correspondencia.

 
 
 

 
Bueno, ya sabes que me llamo Logan, que es más de lo que yo sé de tí. El nombre se lo debo al joven de la casa donde vivo. Su nombre es Andrew, y es el hijo de mi dueño, Francisco Alvarez, un individuo con pretensiones de poeta.

Nací en 1989, en Los Angeles, California. Creo que mis primeras semanas no debieron ser de color de rosa, aunque no las recuerdo. Lo único que me viene a la memoria, como en un sueño, es una caja de cartón en la que alguien me puso junto con varios de mis hermanos. Estábamos a la puerta de un supermercado, cuando una señora salió y nos vió. Al parecer esta señora tenía debilidad por los gatos negros. (Había tenido dos anteriormente, y pensaba que eran los más curiosos y divertidos de todos los tipos de gatos.)

La señora me llevó a su casa, y qué sorpresa se llevó cuando descubrió que yo estaba enfermo y lleno de pulgas. Pero me cuidó con mucho cariño y me quitó todas las pulgas, y me cuidó hasta que mi enfermedad desapareció, y recuperé la salud.


 
  
En todo este tiempo, que lo pasé en la sala familiar de la casa, en el sofá, los dos perros, Gipsy y Argos entraban a visitarme con mucha curiosidad, y también cariño. Ponían sus cabezas sobre el sofá y me miraban de cerca. Yo me acostumbré a ellos muy pronto.

Al principio, como yo era tan pequeño e ignorante de las cosas del mundo, no me dejaban salir de la casa, y mi dueño me construyó una residencia señorial, de seis pisos, con balcones y ventanas, y una galería por donde podía pasar de la residencia a otra plataforma, donde me pasaba gran parte del día mirando al perro de los vecinos al otro lado del muro.


 


 

 
¿Ves? ¿No es una galería hermosa? A la izquierda de la galería, detrás del muro de ladrillos, está mi residencia.

Siempre he tenido una salud excelente. ¡Quién lo hubiera pensado viendo mis comienzos!

Mi amigo favorito es el perro Argos, y él me quiere mucho. Me gusta pasar a su lado y rozar mi piel contra la suya.

El otro gato, Frisky, era muy amigo mío, y creo que todavía lo somos, aunque actúa algo raro a veces. Desde que pasa la mayor parte del tiempo en casa del vecino, cuando viene a casa no le gusta quedarse si me ve por allí. No sé por qué. Se lo he preguntado varias veces, pero se encoge de hombros.

El que definitivamente no me cae simpático es el gato que a veces se pasea a lo largo del muro detrás de la casa. Debe ser un gato sin clase ni dignidad. Le falta una oreja, y tiene un aspecto bastante hosco. Cuando lo veo, le hago frente, y le digo que se large. Y si no se larga, llamo a Argos. Argos es amigo de todos los gatos, menos de ese.

Me gusta mucho dormir en la cama de mis dueños, y a veces lo hago durante seis o siete horas.

No me gusta mucho que me abracen, y cuando alguien lo hace, protesto ligeramente. Pero me gusta que me acaricien la espalda cuando estoy en el suelo. Eso es divino. Pero que no me toquen el estómago, que no me gusta nada. Quizá esto es una consecuencia de mi enfermedad de pequeño.

Como ves, mi vida no es complicada, ni muy excitante, pero está llena de cariño, del que doy, y sobre todo del que recibo.


 
Siempre he tenido una excelente salud, pero en Diciembre de 2006 parece que envejecí de repente. Algo le sucedió a mi ojo izquierdo, que el veterinario no supo explicar.

Perdí el apetito, yo, que comía y comía y comía. Y hacia Navidad tuve varios dias muy letárgico. Como había perdido tanto la vista como el oído, mi dueño pensó que no era prudente dejarme salir de casa, aunque siempre me pasaba los días junto a la puerta, en una camita muy elegante que el me había construído. Y me hizo un recinto, también muy lindo, para tenerme en el salón.

Me empezaron a dar varias clases de medicamentos, pero aunque recuperé el apetito, parecía que esto ya era el fin. Así que el 30 de diciembre me llevaron al veterinario que opinó que si no podía tener una cierta calidad de vida, que era preferible no vivir. Y allí mis dueños tomaron la decisión, aunque ya se habían preparado para ello, dada mi avanzada edad y los problemas míos.

Antes de dormirme definitivamente percibí sus lágrimas. Yo también lloré, pero hacia dentro, para que no me vieran.

Y ahora ya me he reencontrado con mis viejos compañeros, el gato Frisky, y los perros Gipsy, Argos, Lady Love y Lady Bug. Y soy feliz en las praderas celestes.
 


 

(Diez días antes de mi muerte)

 

 


 
Últimos días

Logan (I) 


Va extinguiéndose el rayo de tu vida,
y te cerca la sombra paso a paso;
qué ágil tu día descendió al ocaso,
y qué dificil esta despedida.

¿Puede un gato tener, y en qué medida,
optimismo y humor? En cuyo caso,
¿dónde acaba el espíritu payaso,
y empieza la mesura introvertida?

El gato faraónico era un río
de seria dignidad, pero este mío
siempre un arroyo ha sido retozón.

Tuvo un cierto cariz de aristocracia,
pero más bien con picardía y gracia
fue como conquistó mi corazón.


Los Angeles, 23 de diciembre de 2006 

 

Logan (II) 


Apagándote vas, agonizante
lámpara en silencioso parpadeo,
ausente ya el gozoso ronroneo
que fue a mi tacto réplica constante.

Del sosiego a la acción sólo un instante,
sólo un salto del sueño al jugueteo,
pero hoy, en tu quietud e indicios, leo
tu mensaje de adiós, desconcertante.

Mi alma no acepta haber llegado tu hora,
a pesar de tu edad, y lo deplora;
en cierto modo te juzgó inmortal

desde que descubrió, bajo su mano,
un espíritu amigo, casi humano,
en tan estrecho molde de animal.


Los Angeles, 24 de diciembre de 2006 

 

Logan (III) 


La luz renace a veces, y me niego
a asumir el final que te amenaza;
un maullido, quizás, que se disfraza
de voluntad de vida; no me entrego

a un optimismo absurdo; sé que luego
la realidad de nuevo te amordaza,
y se quiebra mi gozo, o se adelgaza,
mi viejo camarada, sordo y ciego.

No te vayas aún, quédate, amigo;
si la muerte ha entreabierto su postigo,
no te impongas la entrada, espera, espera.

Tal vez se olvide de que te ha llamado,
y puedas regresar a tu tablado,
frente a la lluvia, que ya cae ligera.


Los Angeles, 24 de diciembre de 2006 

 

Logan (IV) 


La turbadora sombra a ti abrazada
parece haber alzado su cortina;
has recobrado tu inquietud felina,
no tu energía, un tanto apaciguada.

En esta espléndida prisión dorada
a que te he confinado, predomina
la atención más devota, más genuina,
sobre la libertad arrebatada.

Pareces entenderlo. Tu lenguaje
no es de ruda protesta, es el mensaje
que transmite tu pugna por la vida.

No sé cuándo te irás, pero esa hora
parece haber sufrido una demora;
frene el reloj su apresurada huída.

Los Angeles, 28 de diciembre de 2006 

 

Logan (V) 


Esta mañana tu alma presentía
aires de libertad, ansias de vuelo;
como una alondra aprisionada en hielo
derritiéndose al sol de mediodía.

Presto a la irreversible travesía,
acaricié tu piel de terciopelo,
y comprendiste que era mi pañuelo
bandera de dolor y lejanía.

Te fuiste con minúsculo gemido,
y al fin la paz de quien quedó dormido
te ciñó en derredor como sudario.

Duerme, pequeño, tierno compañero
de tantos años; que tu sombra, espero,
sepa volver a este hombre solitario.

Los Angeles, 30 de diciembre de 2006
 

(Gracias a mi dueño, Francisco Alvarez Hidalgo, por estos sonetos) 

 

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Links/Conexiones a otras páginas
Mis amigos, lastimosamente Argos fue dormido
el 17-12-99


 
  


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