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Argos (La inyección letal)

Una red invisible ha descendido
filtrándose en mi cuerpo,
red de debilidad y de dolores, 
agarrotando músculos y nervios,
red que reduce, que imposibilita
mi libre movimiento.
Nunca emergió el fantasma de los años
lóbrego, amenazante y al acecho;
fui siempre un cachorrillo
con predisposición perenne al juego.
Pero hoy se cierne sobre mí una sombra,
frente a mí se abre un túnel de silencio,
y las voces amigas
quedan atrás, lejanas, como un eco.
Yo pensé caminar hacia el ocaso
en marcha sosegada, paso lento,
y me encontré, cansado peregrino, 
de repente al final de mi trayecto.


Hay rumor de motores a la puerta,
pero esta vez no tengo
el vigor para alzarme,
e inmóvil en el suelo permanezco.
Ah, la manta fatídica, elevando 
mi dolorido cuerpo,
como a mi dulce compañera Gipsy
llevara en otro tiempo;
cálida manta, suave, redentora,
en cuyos pliegues me abandono envuelto,
la carroza del último viaje
emprendido sin miedo.


Sobre la mesa estoy. Este recinto
no es extraño, aunque sí lo es el momento.
Tantas veces estuve
en este lugar mismo, que no tengo
ni temores a lo desconocido,
ni hay en mi corazón desasosiego.
Sé que es la hora de cruzar el puente, 
que ha llegado el momento
de la definitiva despedida,
y estoy en paz, sin dudas y dispuesto.
Veo en torno de mí a quienes me amaron, 
sus manos en mi piel, los ojos llenos
de lágrimas inmensamente tristes,
y quisiera gritar cuánto los quiero.
Pero sólo mis ojos hoy les hablan, 
y ellos lo entienden, siempre lo entendieron.
Sé que su decisión no ha sido fácil,
mas no hay alternativa, lo comprendo,
para romper los lazos que me tienen
a la miseria del dolor sujeto.

Llega el doctor. Es como un viejo amigo
de palabra cordial, de manso gesto.
Y como siempre me acaricia afable,
y en quietud lo contemplo.
Siento el picor ligero de la aguja, 
pero no me estremezco.
Parece que una niebla me rodea,
y la serenidad me invade el cuerpo.
Ya sólo veo tenues siluetas,
y lentamente sin dolor me duermo.

Vosotros, los que tanto amor me disteis
a lo largo del tiempo,
no me lloréis, que tengo nueva vida,
y además viviré en vuestros recuerdos.

Los Angeles, 18 de diciembre  de 1999

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