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Argos

Hay hombres que los años no envejecen,
cuya niñez los lleva de la mano,
y hay perros que a sus amos se parecen,
revelando un carácter casi humano.

Oh, mi cachorro, que jamás creciste,
juvenil en estilo y en el juego,
presto siempre al afecto, nunca triste,
más inclinado a dádivas que a ruego.

Flota en la oscuridad de tu mirada
hondo misterio y claridad de espejo,
que en silenciosa voz alborozada
me responde a través de su reflejo. 

Tanto impulso en los nervios anudado,
en otra época libre y explosivo,
hoy gesto por la edad debilitado,
si más frágil, no menos afectivo.

No hay rosa que no llegue a marchitarse,
fortaleza que el tiempo no destruya,
fuego que un día no logre a apagarse,
vida imperecedera, mía o tuya.

Ambos seguimos juntos un camino
que nos imprime idéntica fatiga,
que nos conduce a idéntico destino, 
que a idéntica tortura nos castiga.

El silencio te abraza, rechazando
los rumores que acuden a tu oído,
cerrado a toda voz, sólo escuchando
la incisiva señal de mi silbido.

Ya tendido a mis pies, ya la cabeza
reclinada gentil en mi rodilla,
cuánta dulzura y singular belleza
al fondo negro de tus ojos brilla.

Qué difícil resulta incorporarse
cuando la agilidad se nos repliega,
sin perder el deseo de entregarse, 
aún conociendo lo arduo de la entrega

Oh, mi leal amigo y compañero,
alerta sobre mí, ajeno al quejido,
con aspecto bravío de guerrero, 
y ternura de niño adormecido.

Cómo se acerca el fin, y no sabemos
ni cómo irás, ni cuándo; pero al irte
tu recuerdo en el alma guardaremos,
y allí jamás, jamás has de morirte.

Ven a mi lado manso, silencioso, 
yace a mis pies, cachorro envejecido,
que no turbará nada tu reposo;
quédate, amigo, junto a mí dormido.

Los Angeles, 13 de noviembre  de 1999

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