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Accidente mortal

Tal vez no tuvo nombre, ni dueño, ni cobijo,
callejero incesante, perenne vagabundo, 
resignado a una suerte triste que no maldijo
a pesar de saberse marginado del mundo.

En el fondo sin fondo de sus ojos afables
resaltaba un destello de innegable tristeza,
el mismo brillo noble que los más miserables
enmascarar no pueden dentro de su pobreza.

Las calles no eran suyas, aun siendo su morada,
jungla inhospitalaria de metal y cemento, 
jugándose la vida cruzando la calzada,
sin adquirir destreza con cada nuevo intento.

Iba con el desprecio que tiene de la vida
quien nunca tuvo nada, y al morir nada pierde,
consciente de que el día que ocurra su partida,
nadie habrá que lo llore, nadie que lo recuerde.

Y ayer, sobre el asfalto, llegó tarde el frenazo,
acompañando al golpe desgarrador aullido,
y la bestia de hierro, tras el brutal zarpazo,
reanudó indiferente su habitual recorrido.

Duermes sobre el bordillo tu sueño irreversible,
con un hilo de sangre fluyendo de la boca;
ya has alcanzado, amigo, tu paisaje apacible,
campos sin carreteras de ligereza loca.

Mi mano te acaricia, mas no sientes el roce
de mis dedos errantes sobre tu tibia piel;
qué sereno reposas, como quien reconoce
que la muerte es rescate de una vida cruel.

Duerme, perro sin dueño; tan tarde conocido
que de ti no me llevo sino un recuerdo triste;
duerme, cachorro, duerme, que ya has sido elegido
compañero de un ángel que sólo por ti existe.

Los Angeles, 28 de julio  de 2000

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