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Bajo la mano blanda, sobre la piel sedosa,
te estoy amando mansa, sin huesos, sin esquinas,
en ansias fugitivas de dureza; es la rosa
cuyos pétalos se abren, y no saben de espinas.

La piel se yuxtapone directamente al alma,
los huesos desconocen esta alianza pura,
y el tacto que radica suave sobre mi palma,
te habla de sensaciones, y también de ternura.

Brevería Nº 918, de FAH              

 

 

Deja hablar a la piel

Duérmanse las palabras, no repitan
su cansado, monótono estribillo,
hojas flotando al viento, amarillentas,
en el otoño su frescor marchito.
Tuvieron su momento, destellaron
en luces y sonidos,
luego perdieron nervio,
y olvidaron su oficio
hasta yacer en lánguida apatía,
piezas muertas de inmóvil mecanismo.
Hoy la expresión se nutre
de nuevo colorido,
savia fluyendo en retorcidas venas,
vitalidad nacida del instinto.
Deja hablar a la piel, cálida y suave,
erizada en vocablos infinitos,
voces que no envejecen,
aunque una y otra vez digan lo mismo;
deja hablar a la piel, lengua obstinada,
ya en términos furtivos
de rodilla avanzando entre los muslos,
o dedos atrevidos
trepando ineludibles
bajo la superficie del vestido;
deja hablar a la piel, con la apagada
dulzura del suspiro,
con el revuelo de alas sacudidas,
con la sonoridad del mar, o a gritos.
La piel contra la piel, qué largas lenguas,
qué multitud de besos clandestinos,
o palabras de nuevo troqueladas
con un concepto cada vez distinto.
Lenguaje inagotable,
de perenne inflexión y colorido,
que no se desvirtúa
por la repetición o los modismos.
Háblame así, en coloquio interminable,
y escúchame tú mismo,
piel contra piel; que las palabras duerman
en alejado exilio,
y esta conversación acariciante
nos absorba en perenne remolino.


Los Angeles, 16 de agosto  de 2000

 


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