- A
tu más íntimo rincón me admites,
- y
el miembro dejas aherrojado en grillos;
- de
tal forma contraes los anillos
- que
el movimiento apenas le permites.
-
- He
de gritar al tiempo que tú grites
- al
compás de descargas de martillos;
- en
mis ojos idénticos los brillos
- que
del cristal de tu mirada emites.
-
- Y
al expirar los últimos gemidos,
- antes
de sosegar adormecidos,
- sigue
abrazándome una y otra vez.
-
- Sumérgete
en quietud, late conmigo,
- cúbranos
el sensual, cálido abrigo,
- de
nuestra fulgurante desnudez.
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