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- Una
noche cualquiera y unos brazos desiertos,
- una
mente poblada de cálidos desnudos,
- la
conciencia dormida, los instintos despiertos,
- y
la piel reventándose en alaridos mudos.
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- El
la vistió de rostros múltiples, recogidos
- en
cines y oficinas, plazuelas y tabernas,
- y
derramó en sus huecos la flor de los sentidos,
- exprimida
en un nudo de brazos y de piernas.
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- Ni
oposición obtuvo, ni consiguió su ayuda,
- ella
un ente ficticio, y el un hombre fogoso,
- subyugando
impaciente a una imagen desnuda,
- para
ultimar su esfuerzo en solitario reposo.
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- Y
al filtrarse los rayos del sol por la persiana
- resaltando
perfiles en la cámara oscura,
- percibió
el desencanto flotando en la mañana,
- y
un sabor en el alma de profunda amargura.
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