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Antes
del alba ni los perros ladran,
ni
serpentea el tráfico, y la luna,
obstinada
noctámbula, dormita
en
la callada claridad difusa.
Son
horas de silencios subterráneos,
y
de inmovilidad de sepultura,
a
la espalda del sueño, reclinado
sobre
la intimidad de la penumbra.
Y
yo salgo de mí, mas no te encuentro,
tan
sola en esta habitación oscura,
tan
frío el otro lado de mi lecho,
tan
lejos de tu cuerpo, tan desnuda...
Y
consiento a mis manos
seguir
sobre mi piel la misma ruta,
ingenua
y atrevida,
que
siguieron las tuyas.
Qué
soledad de amaneceres tristes,
viajera
sin tí en la noche en fuga,
sólo
con la caricia imaginada
que
en mis trémulos dedos se refugia.
Me
asalta tu presencia ineludible
y
en abrazo incorpóreo me arrulla,
se
me arquea la espalda,
y
me siento flotar como la espuma.
Oh,
mi mar, mi marea inagotable,
llévame
una vez más. Tanta renuncia
me
tritura los huesos del recuerdo,
y
todo en mí sin fuerza se derrumba.
Cómo
se acerca el alba, y tú no vienes,
continuidad
de deserción nocturna,
siguiendo
las semanas a los días,
luego
meses tal vez, y quizá nunca;
con
sed de tí, con hambre que desgarra,
con
desesperación y con angustia...
Negra
es la noche de tu ausencia, negra,
y
el despertar sin ti, qué desventura...
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