Con jirones
de nube adormecida
e hilos
de luna en luz de fría plata,
teje sobre
mis ojos densa venda
y sumérgeme
en sombra la mirada.
Quiero encerrarme
al mundo, despertando
mis sentidos
a ti, sobre mi espalda,
prisionera
en muñecas y tobillos
de los
cuatro puntales de la cama;
equis de
piel vibrante, temblorosa,
de mente
libre y voluntad de esclava.
Mi oscuridad
amplía los sonidos,
viéndote
mis oídos cuando avanzas,
y al detenerte,
se me vuelven ciegos,
y tu inmovilidad
me despedaza.
Este aire
fresco eriza mis pezones,
y en ansiedad
irreprimible aguardan;
parecen
percibir tu cercanía,
mas no
el tacto febril. ¿Qué te retarda?
Oh el estremecimiento
de los muslos
cuando
tu mano en ellos se adelanta,
y yo sin
responder a la caricia,
mientras
imperceptiblemente avanzas.
El retozo
gentil de tibios dedos
que en
los senos en círculo resbala,
cede el
paso al zarpazo de la fiera,
de la entrañable
fiera que avasalla.
Si apresurado,
detenerte quiero;
si en lentitud,
acelerar la marcha;
si en gentileza,
brusquedad exijo;
si en arrebato,
rogaré la calma.
Ciérnase
sobre mí provocadora
el ave
de rapiña que levanta
su rígida
cabeza amenazante,
y penetre
en el fondo de mi entraña.
No te puedo
abrazar, fuérzame fiero,
sin escuchar
gemidos ni demandas,
al galope,
al galope, mi jinete,
mi jinete
de intrépida jornada.
Intimo surtidor
inaplazable,
tu estertor
inequívoco presagia
blanca
erupción. ¿Vendrá en mi subterráneo,
irrigará
mi superficie pálida,
o inyectará
su extracto intermitente
en la concavidad
de la garganta?
Oh, qué
abandono en mí, qué insuficiencia;
cuánta
anticipación se me derrama,
sin libertad
de acción; quiero y no puedo,
tensas
las ligaduras que me amarran,
tensa la
piel, manos y pies crispados,
y mi lascivia
un tren a toda marcha.
A bordo,
compañero, amante, a bordo,
ignorando
estaciones y paradas,
nocturna
travesía al infinito,
anégate
y anúdate a mi alma.